Ani Yehudi

sábado, 15 de marzo de 2008

Los colifatos del Califato

Bien por la lengua castellana, o por el lunfardo (habla que originariamente empleaba, en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, la gente de clase baja. Parte de sus vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en la lengua popular y se difundieron en el español de la Argentina y el Uruguay) en este caso, que nos arrima unos parónimos que para qué les voy a contar. Así, en tanto el integrismo islámico, o islamo-fascismo (para no andarnos con denominadores ambiguos), viene avanzando aquí y allá en pos de instalar un Califato Universal, el lunfardo pone a nuestra disposición un término de similar fonética a Califato:“colifato”, que describe radiográfica e indubitablemente a esa tropa enardecida. Califato y colifato, dos palabras que vaya si no suenan parecidas, casi iguales. Y colifato, además, es el calificativo que nos viene en esta ocasión como anillo al dedo, para describir el estado mental de estos deschavetados que propenden a instalar el tal Califato y el de aquellos que por desidia, cobardía o acomodo, les dan pie para que puedan consumarlo. Porque según esa lengua ayer marginal y hoy de uso común, colifato sería uno de esos individuos con las neuronas totalmente desordenadas, con tendencia al caos mental y a hacer barbaridades, sin medir las consecuencias claro; bah, un loco o loquito, si queremos que bien se entienda.

Por tal motivo, me propuse exponer a la consideración pública mi parecer sobre esos colifatos, claro que acotándolo a quienes, en los cinco continentes, tienen puestos sus afanes en la mencionada empresa. Ya que el lunfardo para otros, no menos extraviados, nos presta una diferente palabreja, pero de parecido significado a colifato: “piantado”; que pese a la fuerte analogía que enlaza a ambos términos hace que difieran entre si en su calidad, puesto que mientras el conceptuado como colifato es un caso perdido, el piantado es al menos remediable. Eso por una segunda acepción de piantado, que también permite ser traducido como echado, expulsado o el que por las suyas y sin presión palpable alguna, se va de determinado sitio o cargo. Y conviene discriminar entre uno y otro vocablo y entre uno y otro incriminado, porque existe entre ellos una sutil diferencia. O no tan sutil si se quiere. Ejemplo de ella es George W.Bush, ese monstruo loco y asesino, genocida, torturador, violador de viejitas y otras cuantas yerbas, reputado por el integrismo islámico, el progresismo y los que se dicen de izquierda como el más grande flagelo que haya azotado jamás el planeta; olvidándose quizá por conveniencia de un tipejo llamado Hitler, de sus camaradas (de los de la izquierda) Stalin y Pol Pot y de otros cuantos con o sin barba, que de matar a sus semejantes sabían y algunos todavía saben, un montón. Pero detengámonos en Bush ya que tantos así lo apetecen y veamos donde está la mencionada sutil diferencia. Pues sí, Bush, a quien personalmente no quiero ni un poquito, valga la aclaración, es lo que se llama un piantado, si lo traducimos por loco o extraviado, pero al mismo tiempo es removible; o sea que se lo puede piantar (echar), cosa que sucederá en poco tiempo más y que le da cierta ventaja sobre los colifatos. Encima, ni siquiera es dictador o tirano, al menos con su propio pueblo, caso contrario no asistiríamos al penoso espectáculo que nos brindan los Noam Chomsky y otros de parecida ralea, insultándolo más y mejor y sin que nadie siquiera los calle o amoneste...

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Enviado por Mario Linovesky
para desdeisrael.com

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