- “Hermano, necesitamos detalles. Que me averigüen de dónde vienen los disparos”
- - “Los disparos vienen desde arriba, no está claro desde dónde, al parecer desde
el techo”.
- “Sí, desde el techo, desde el hospital, a unos 50 metros del hospital”.
- “Cuál es tu posición? ¿De dónde me estás hablando?
- “Estoy en el techo del hospital”
- “¿Estás arriba del hospital?”
- “Afirmativo”.
Este diálogo entre, publicado en un sitio de Internet de Hamás, tuvo lugar hace dos meses
en Hebrón, entre el Jefe de las Fuerzas de Seguridad de Fatah en Cisjordania y algunos de
sus combatientes en el terreno, que habían salido a matar activistas de Hamás, como parte de
la lucha por mantener el control de Judea y Samaria. Los esfuerzos de Fatah eran enormes,
pero tenían un serio problema: todas las conversaciones eran captadas por la red de Hamás,
que avisaba a sus hombres para que pudieran salir a tiempo. Ese operativo, como muchos
otros, fracasó debido a un buen trabajo de inteligencia militar realizado por Hamás.
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Ani Yehudi
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lunes, 5 de enero de 2009
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El “efecto soldado” en la sociedad israelí
por Roxana Levinson
Desde que llegué al país me ha llamado mucho la atención el trato y la deferencia que tiene la gente, en general, hacia los soldados.
Es que realmente enternece verlos cargar esos bolsos enormes, los ojos chiquititos y lagañosos, subiendo a buses y trenes, en larguísimos viajes en los que sólo se dedican a dormir. Pero dormir como sólo un soldado lo puede hacer.
Cierta vez iba en el tren desde Beer Sheva (en el sur, bien al sur) hacia Tel Aviv y había muchos, muchísimos soldados. Algunos en los asientos y otros, sencillamente en el piso, durmiendo. Uno de ellos tenía la cabeza apoyada sobre su mochila, el cuerpo acurrucado en un rincón del vagón y el celular pegadito a una de sus orejas. El teléfono comenzó a sonar, con una estridente melodía jasídica, cantada y todo, y el soldadito… nada. Una vez y otra vez y otra más, y el bello durmiente… nada!...
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Desde que llegué al país me ha llamado mucho la atención el trato y la deferencia que tiene la gente, en general, hacia los soldados.
Es que realmente enternece verlos cargar esos bolsos enormes, los ojos chiquititos y lagañosos, subiendo a buses y trenes, en larguísimos viajes en los que sólo se dedican a dormir. Pero dormir como sólo un soldado lo puede hacer.
Cierta vez iba en el tren desde Beer Sheva (en el sur, bien al sur) hacia Tel Aviv y había muchos, muchísimos soldados. Algunos en los asientos y otros, sencillamente en el piso, durmiendo. Uno de ellos tenía la cabeza apoyada sobre su mochila, el cuerpo acurrucado en un rincón del vagón y el celular pegadito a una de sus orejas. El teléfono comenzó a sonar, con una estridente melodía jasídica, cantada y todo, y el soldadito… nada. Una vez y otra vez y otra más, y el bello durmiente… nada!...
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